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martes, 5 de abril de 2011

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Columna publicada en www.sdpnoticias.com el 14 de octubre de 2010



A Chile, sus mineros y su pueblo. A los mineros mexicanos, en cielo y tierra.

Imaginen un país en el que los grupos menos privilegiados tengan una importancia tal que mueva por completo las prioridades del gobierno. Imaginen a un presidente de pie, junto a las familias,  esperando por el bienestar de los que gobierna. Imaginen un país en el que todos son hermanos,  un país en el que todos sienten al mismo latido, todos tienen un mismo deseo, todos son un mismo corazón.

Es poco lo que puedo escribir sobre lo que en realidad es algo que solamente se puede sentir, pero anoche y durante las primeras horas de este día, mientras escribía estas líneas, ese país existió (y espero no deje de existir nunca), ese pueblo cobro vida y ese mismo corazón palpitaba susurrando lo que se escuchaba a un solo grito de unión: ¡Viva Chile, vivan sus mineros!

Pero aún dentro de esta emoción, dentro de toda la alegría que se compartía en la transmisión en vivo vía internet y en las redes sociales, en particular en el siempre activo twitter, muchos mexicanos, yo misma incluida, recordamos a nuestros mineros, aquellos por los que no se hizo nada, aquellos que no regresaron a casa.

Volvió a doler el mal gobierno, la indiferencia por la situación de vida de los mineros y sus familias, volvieron a doler las vidas perdidas, las que se siguen descuidando y las que se perderán a menos que la situación del país cambie muy pronto.

Mientras esperaba a que el quinto minero fuera rescatado, leí un tweet que resumió lo que muchos sentimos: “¡Que suerte la de los mineros chilenos el no ser mineros mexicanos!”

No quiero que esta columna se convierta en líneas de llanto y amargura, mi intención es meramente recordar que en México la situación del sector minero es bastante deplorable, pero que tenemos un gran ejemplo en el cual se demuestra que no hay vida que no merezca el más grande esfuerzo por ser salvada, como dice la canción: “La vida más pequeña vale mil veces más que la nación más grande que se invente jamás”.

Gracias Chile, por demostrar lo que es unidad en momentos de tragedia, gracias a los mineros por enseñarnos lo que son la esperanza y los deseos de vivir. Gracias por recordarnos que la fe sí puede mover montañas y gracias por dar ese ejemplo de fortaleza a América Latina y a todo el mundo.

Imaginen un país en el que los grupos menos privilegiados tengan una importancia tal que mueva por completo las prioridades del gobierno. Imaginen a un presidente de pie, junto a las familias,  esperando por el bienestar de los que gobierna. Imaginen un país en el que todos son hermanos,  un país en el que todos sienten al mismo latido, todos tienen un mismo deseo, todos son un mismo corazón. 

Imaginemos que ese país es México, pero más aún, luchemos para que ese país sea México.


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