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viernes, 29 de abril de 2011

Alejo Garza Tamez

Columna publicada el 27 de noviembre de 2010 en sdpnoticias.com

Un breve antecedente que nos ayudará a entender este asunto es explicar el origen del problema. En 1999, Osiel Cárdenas Guillén, líder del Cártel del Golfo, llega a un acuerdo con un grupo de exmilitares, conocidos como Los Zetas. Ésta era una agrupación delictiva que se había formado a partir de un grupo de militares que desertaron del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (GAFE) del Ejército Mexicano, fundados en 1994 con motivo del levantamiento zapatista de Chiapas, de tal manera, los Zetas pronto se convirtieron en el brazo armado del Cártel del Golfo.


Tras la aprehensión de Cárdenas Guillén en el 2003 y su eventual extradición a Estados Unidos en el 2007, el grupo de Los Zetas dejó de ser el brazo armado del Cártel del Golfo para pactar con los hermanos Beltrán Leyva en su traición al cártel de Sinaloa comandado por Ismael Zambada García ("El Mayo") y Joaquín Guzmán Loera ("El Chapo").

La guerra librada entre el Cártel del Golfo y el Cártel de los Zetas, ha llenado de sangre principalmente las calles de Reynosa y Nuevo Laredo, en Tamaulipas y es precisamente aquí, que la historia de Alejo Garza Tamez cobra sentido.

Es precisamente en Tamaulipas, en este territorio hostil que enfrenta los grupos anteriormente mencionados, que el empresario de origen neolonés, de 77 años de edad, murió la madrugada del domingo 14 de noviembre luego de pelear hasta el final en defensa de su propiedad contra un numeroso grupo de sicarios, que le habían dado un ultimátum para entregarles el predio.

La noche del 13 de noviembre, tras pedirles a sus empleados que no se presentaran a trabajar al día siguiente, colocó varias armas en las ventanas y puertas de su casa, y cuando llegaron sus verdugos, los recibió a balazos. El saldo final: cuatro sicarios muertos y dos heridos.

Los demás huyeron del lugar, no se apoderaron del rancho, porque pensaron que pronto llegarían los militares y prefirieron escapar.

El desarrollo de los eventos antes mencionados, me demuestra dos cosas: la primera es que la guerra contra el narco ha probado tan poca eficiencia en hechos contundentes, que es necesario que los ciudadanos se defiendan de esta forma ante grupos de choque de la delincuencia organizada; la segunda es que, como lo he dicho en muchas ocasiones, la única forma de salvar este país es mediante la intervención directa de sus ciudadanos, aunque rechazo de forma muy contundente que la intervención de los ciudadanos sea por medio de las armas, este ejemplo nos demuestra que un ciudadano decidido, puede hacer temblar a todo un sistema criminal.

Es verdad que este acto fue un hecho sumamente valiente por parte de una persona que, ante una situación muy complicada, decidió enfrentarse solo a un grupo de personas altamente armadas, como vía de solución a un problema. Lo que también es cierto, es que este acto abre las puertas a conflictos que el país hasta ahora no había visto.

El primero de estos posibles problemas, es que los ciudadanos puedan sentirse persuadidos a volverse cazadores del narco y defensores de la justicia (porque no faltará quien tome ese rol inspirándose en lo que fue una legítima defensa), otro problema que podría incrementarse es la adquisición ilegal de armas de fuego para “protección” de los hogares, sin que en la mayoría de las ocasiones se conozcan todas las implicaciones que conlleva el tener un arma de fuego en el lugar donde vivimos.

Es digno de celebrarse el valor de una persona que supo defender su patrimonio y que no agachó la cabeza y acató órdenes de la oprobiosa figura del crimen organizado, lo que no podemos permitir es que este ejemplo  -que fue un caso excepcional- se vuelva una regla general en las zonas en donde la ciudadanía vive el día a día conviviendo con la delincuencia organizada, porque de esta forma, se estarán propiciando más muertes y no una solución a un conflicto. Las armas, contra las armas, nunca han sido una solución, sino una suma que produce los mismos resultados: muchas vidas inocentes perdidas.

Pero en esta columna, el propósito no es reprochar el ejemplo de Don Alejo, por el contrario, es mi mayor deseo que algún día, muy pronto, todos tengamos el valor que este hombre mostró al combatir frente a frente a sus enemigos, que mostremos la dignidad que el mostró al no ceder ante las presiones de quienes pretendían adueñarse de lo suyo, que adquiramos su valentía y por fin despertemos y exijamos que historias como estas no se vuelvan a repetir, y que todas estas cualidades unidas, nos recuerden que a pesar de que hay muchos malos en esta historia, los buenos somos, hemos sido y seguiremos siendo más. 

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