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jueves, 28 de abril de 2011

#ColumnaTuitera: Revolución

Columna publicada el 20 de noviembre en sdpnoticias.com


Gracias a @neoconciencia por el tema y a los tuiteros por elegirlo.

Las revoluciones norteamericana, francesa, mexicana, todas ellas, han sido guerras. Cada una de ellas ha combatido el orden vigente y pretendido hacer nacer un nuevo orden. La primera, después de liberar las provincias norteamericanas de Inglaterra del despotismo monárquico, fundó la nación norteamericana, instauró la democracia formal y con ella la separación de poderes. La herencia de la segunda fue una república formalmente igualitaria, pronto transformada en un imperio que azotó a Europa para convertirla a las virtudes de la igualdad y de la libertad. La tercera engendró el sistema político mexicano y a las instituciones que hoy lo gobiernan.

La permanencia durante más de cuatro décadas en el poder de Díaz, sumado al modo despótico de gobernar, la estatización y confiscación de tierras pertenecientes al bajo estrato social, seguido de la desigualdad económica entre las diferentes matices sociales, unida a la entrada de mercados estadounidenses ante la explotación de yacimientos petroleros mexicanos… dio origen al movimiento revolucionario más importante que ha vivido nuestro país.

Pero en realidad en nuestro país ¿vale la pena celebrar la revolución? Claro que sí. La revolución mexicana fue maderista, villista, zapatista, carrancista, caudillista, constitucionalista e institucionalista, fue del pueblo, para el pueblo y también para nosotros.

El orden actual de nuestra Nación emana directamente de esta guerra y, a pesar de la deficiencia que presentan actualmente las instituciones nacidas de la revolución, a mi parecer aún son rescatables, porque el problema no recae en la organización del Estado y los niveles de gobierno, no depende de la integración del Congreso de la Unión, ni está en las letras de la Constitución, el problema surgen en las personas que dirigen esas instituciones, en las que ocupan esos cargos. Recae en los que votamos sin estar informados de quiénes son y qué han hecho los candidatos y también de aquellos que se abstienen del voto, porque con esto ocurre lo que ya conocemos, las peores personas llegan al poder y asignan en los puestos importantes a quienes no deberían ocuparlos.

Es ahí donde la revolución, aquella que viajó en ferrocarriles, a la que le cantaban los corridos, la que se sostuvo con el valor de muchos mexicanos, se pierde en el olvido de la alta traición de los actuales funcionarios y de los mexicanos que permitimos que así sea hecho.

Basta citar como ejemplo Ciudad Juárez, aquella maravillosa ciudad que tras su ocupación por las fuerzas anti-porfiristas, logró que el dictador presentara su renuncia y se exiliara en Francia. Ahora esta ciudad se encuentra bajo el yugo constante de balas, drogas, muertes silentes que agravian a la comunidad local, a la internacional pero que a pesar del rechazo general que todos sentimos ¿qué ha generado en la comunidad nacional?

Nunca, en la historia de nuestro país, habían ocurrido tantas muertes sin una declaratoria de guerra que las justificara. Nunca en nuestro país la corrupción había llegado a tales escalas. Nunca en nuestro país los medios de comunicación se habían erigido en gobierno. Nunca en nuestro país hubo tanto desempleo, desesperanza, miedo y desinterés social como ahora.

Los mismos motivos que dieron origen a la revolución hace 100 años se encuentran presentes en nuestra vida, México, indudablemente se encuentra al borde de un colapso revolucionario que se presenta con dos opciones: la primera es crear una revolución de conciencias que permita transformar nuestro país de persona en persona, que permita que el pueblo mexicano despierte, que recuerde que a pesar de parecer lo contrario, vivimos en un país democrático, que puede exigir cumplimientos, reclamar lo que le pertenece y sancionar en las urnas. La segunda revolución es mucho más peligrosa. Es aquella que nacerá fruto del rencor, del hambre, de la desventura, del miedo y esa revolución es una guerra que no sabemos qué destino nos depare.

Aún estamos a tiempo de cambiar nuestro presente y legar un mejor futuro para las generaciones por venir, aún no podemos decir que vivimos en un Estado fallido. Estamos muy cerca del precipicio, y sí, nuestro país tiene muchos problemas, pero aún podemos recobrar el buen camino y hacer que todo marche en la dirección correcta. México sigue siendo un territorio noble, un buen pueblo y sigue teniendo buenas instituciones, que merecen ser dirigidas por gente buena, por gente que no ha olvidado lo que significa la revolución.

“Despierten ya, mexicanos, los que no han podido ver, que andan derramando sangre por subir a otro al poder. Ya con esta me despido, porque nosotros nos vamos; aquí termina el corrido, despierten ya, mexicanos.”

Corrido Revolucionario de 1910

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